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lunes, 31 de agosto de 2015

31Agosto.

Ahora que el verano toca a su fin, quisiera contaros algunas cosas que he aprendido de divertirse al sol.
Que lo más difícil de soñar es despertar, 
pero si no despiertas, los sueños jamás se harán realidad.
Que es cierto que dicen que el verano es fugaz, 
pero,
a veces, 
lo que comienza con un simple viaje a la playa, a la montaña, por Europa...
es todo lo que necesitas para despejar la mente, y abrirte los ojos.
Escribir un final para una vieja historia.
Y escribir el comienzo de una nueva.
Todo lo bueno se acaba, y el verano no es excepción, por algo a veces el otoño es tan deprimente.
La mayoría queremos que el verano no termine. 
Que esos momentos, duren para siempre.
Pero todo el mundo estará de acuerdo en una cosa.
Y es que, el bronceado desaparece, 
los fuegos artificiales se apagan,
y todos al fin y al cabo acabamos harto de la arena en los zapatos.
El final del verano es el inicio de una nueva rutina, de una nueva temporada, con la que nos sorprendemos a nosotros mismos,
mirando al futuro.

sábado, 29 de agosto de 2015

Ójala.

A veces desearía poder espiarte,
a escondidas,
y besar todas tus sombras, sin que te des
cuenta.
Espantar todos y cada uno de tus 
fantasmas, si acaso los tuvieras.
Observarte, 
observar como lees, u odias leer mejor dicho.
Observar como subrayas cada línea que roza 
algún punto dentro de ti,
y te excita.
Ojalá pudiera verte enamorado,
enamorado a solas,
en silencio,
y besarte.
Besarte en los labios.
Una, y otra, y otra vez.
Besos con pecado. 
Con mucho pecado.
Ojalá pudiera verte somnoliento,
arisco,
como recién despierto de un sueño,
un sueño mucho más acogedor que la 
puta realidad -de tener que salir de
entre las sabanas, e ir corriendo 
a la cocina, a prepáreme café, 
un día de invierno, o más bien cualquier
sábado de resaca-
Ojalá,
ojalá pudiera tocarte,
tocar todo tu cuerpo,
tocarte enterito, entero.
Saber que ... Conmigo, estas a salvo.
Porque a salvo es como debes estar,
tu cuerpo está vivo, 
tu, estas vivo.
Porque mientras otras personas celebran que les
diriges un par de palabras, yo voy más allá,
mucho mas allá.
Yo celebro cada instante, el milagro que eres.
celebro que existes,
que respiras,
que estas,
y que estas en definitiva en este mundo.
En mi pequeño mundo.
Y que probablemente no tenga miedo de que te vayas,
si no que estoy feliz, porque te quedas, y eres conmigo.
Y,
ojalá, 
ojalá nunca cambie esta forma, 
que tienes,
de estar en mi mundo.
De ser el equilibrio que me falla, 
la pizca de cordura que tanto me falta,
y el trocito de cielo que siempre anhelo,
cuando me fallan las alas.

El valor de la excelencia.

La excelencia es la característica de ser bueno, de hacer las cosas de manera óptima.
Cuando somos excelentes, hacemos las cosas bien sin ningún tipo de excusa, sobresalimos de la mediocridad, estamos por delante de los que hacen las cosas "a medias"
La excelencia nos impulsa a ser mejor cada día, y no por competir con otros, si no por ponernos en reto a nosotros mismos, para crecer, para autorealizarnos, para llegar mas mas y mas lejos. 
Pero, si algo es cierto, es que solamente seremos excelentes en lo que amamos, en lo que nos apasiona, en lo que tenemos intrínseco, en nuestra verdadera vocación ...
Ya que jamás podremos ser bueno en nada que no nos motive.
De nosotros nace, el valor de la excelencia. 

Los ansiados veintitantos.

"Cuando tienes veintitantos, circunstancias de la vida que te han rodeado hasta ahora cogen otro punto de vista. Se conoce como la “crisis del primer cuarto de vida”.
Un día te miras al espejo y aunque no lo hayas notado, sabes que ya no eres la misma de hace un par de años. Esa inseguridad de la adolescencia ha desaparecido, tienes tu personalidad, tus opiniones, tu estilo y tus gustos forjados. Ríes con más ganas y te das cuenta de que el ochenta por ciento de los problemas no son tan graves. El círculo de amigos se ha reducido en número pero aumentado en calidad, aprendemos a valorar los “planes de día”, y el gusanillo de conocer mundo está a flor de piel, así que siempre es buena idea una escapada a algún rincón nuevo. 
Salir de fiesta tres días cada fin de semana es vivir al límite. Con la resaca de una noche ya tenemos para una semana, los ligues de discoteca te empiezan a parecer vacíos y pillarse la borrachera del siglo ha pasado de ser divertido a penoso. En su lugar, nos das un bar, buena compañía, unas cañas y un poco de música de fondo… y no nos mueve nadie. 
Antes con cualquier cosa nos conformábamos, ahora enseguida distinguimos lo bueno de lo mediocre, en lo material y en las personas, y entiendes que el secreto de todo está en los detalles. Tenemos hambre de futuro y ansia por llegar a ser alguien. Con los estudios, el trabajo o lo caseros que nos volvemos a veces, va siendo más difícil coordinar horarios y ver a tu gente, y cada vez disfrutas más de un café como excusa para poneros al día.
Queremos crecer, sí pero no. A veces te comportas como si tuvieras 18 años y otras piensas que cada día te pareces más a tu madre. Estamos más abiertos a otros puntos de vista, a gente nueva y a amores diferentes. El día menos pensado encuentras a tu chico y te preguntas cómo has podido vivir sin él todo este tiempo, o quizás te acuestes por las noches y te preguntes por qué no puedes conocer a una persona lo suficientemente interesante como para querer conocerle mejor. Los años van pasando demasiado rápido, y de fondo solo escuchas: “¡Los veintitantos será la mejor época de tu vida!”, y un canguelo te empieza a invadir haciendo que te preguntes: ¿Realmente estoy aprovechando la mejor época de mi vida? 
La respuesta me la dio uno de esos taxistas sabios que durante el trayecto, preguntes lo que preguntes, acaba filosofando sobre la existencia humana. Vino a decirme algo así como que la mejor edad, la mejor etapa de la vida, es la que tenemos en este momento. Cada una tiene sus aspectos positivos y deben ser valoradas de forma diferente. Sólo hay que saber disfrutar cada cosa a su tiempo y pensar que mientras dura, sea la crisis que sea, estaremos viviendo los mejores años de nuestra vida."



miércoles, 26 de agosto de 2015

Y

Y ahora yo. 
Descubro de nuevo los sueños incumplidos.
Me nutro de esperanzas avivadas.
De noches irrepetible
Y de mañanas pasadas por agua.
Y tu.
Tu, me descubres hasta donde llega el poder de la palabra.
Hasta donde puedo alcanzar mis sueños.
Hasta donde se puede volar lo mas alto, posible lejos del cielo.

A.

Me reencontré con el, una tarde enero.
Era sábado, aun lo recuerdo.
Cuatro horas juntos, y no se hizo nada eterno.
Hablaba, y hablaba, y yo callaba y asentía.
En su mirada estaba puesta una sonrisa.
Pasamos los cuatro siguientes findes juntos.
Salvándonos mutuamente de una monotonía ardiente.
Y es que, entonces allí, 
Justo allí.
Redescubrimos que a veces, 
conocer a alguien en medio metro cuadrado, 
puede descubrirte un nuevo mundo.